La
independencia en el trabajo de los medios de comunicación
en América Latina está cuestionada.
Hace pocos meses atrás el Presidente venezolano Hugo
Chávez retiró la concesión de una onda
de televisión, RCTV ,pese a las manifestaciones de miles
de ciudadanos y de la condena internacional de que objeto la
medida.
Todos sabemos lo que sucede con los medios en Cuba dónde
el pueblo sólo escucha una voz o una visión de
los hechos.
Ahora parece que este tipo de modalidades se acercan al Uruguay,
dónde desde las actuales autoridades también han
partido sistemáticamente críticas a la labor de
los medios. En Argentina la actual Presidenta Cristina Fernández
planteó públicamente la peligrosa medida de instrumentar
un observatorio de medios.
¿Qué se pretende con ello?, ¿acaso controlar
lo que publican o dicen los medios, y si es en contra el Gobierno
sancionarlos?.
La verdad que a los latinoamericanos demócratas nada
gracia nos causa una medida de este tipo, máxime teniendo
en cuenta los “contagios” que en diferentes aspectos
gubernativos siempre se producen en la región.
Para esclarecer el tema, reproducimos un artículo del
Diario Clarín de Buenos Aires, del colega Julio Blanck,
que nos parece importante compartir con nuestros lectores.
La
miopía política contaminó un arma eficaz
contra la discriminación
El Gobierno,
en su torpe afán de poner bajo control no ya la realidad,
que es indomable, sino la difusión de esa realidad,
puso en riesgo grave a un organismo que venía cumpliendo
una tarea silenciosa y eficaz: el Observatorio de la Discriminación.
Esto sucede en un contexto general crispado y en una coyuntura
de especial sensibilidad, en la siempre difícil relación
entre el Gobierno y la prensa.
En ese contexto resalta una oferta periodística muy
amplia en la Argentina. La enorme mayoría de los periodistas
trabaja honestamente, con la sana ambición de construir
una carrera basada en la superación personal y el progreso
profesional. Pero en los medios, y entre los periodistas,
también hay falta de rigor, facilismo, prejuicios ideológicos,
corrupción y deshonestidad intelectual. Entonces es
razonable y necesario que la opinión pública
se interrogue acerca de la calidad del servicio que el periodismo
le ofrece.
Los medios, y los periodistas, no tenemos razón alguna
para mantenernos al margen de ese escrutinio. Nadie nos otorgó
privilegios, aunque algunos de nosotros se pretendan intocables.
Pero no es el Gobierno quien debe ejercer ese control, en
tanto la prensa es una herramienta que tiene la sociedad para
controlar al poder, para interpelarlo y criticarlo.
El control sobre los medios puede tomar diversas formas. Una,
la más extendida, casi instintiva, es el juicio cotidiano
que hace el público. Los elige o los descarta. Los
toma como hábito y los incorpora a su vida familiar
y laboral, o los desecha porque no cree o no se identifica
con ellos. Otras formas tienen que ver con los límites
que fijan las leyes, que todos estamos obligados a cumplir
por igual. Y otras más se remiten a formatos de matriz
profesional y académica, como los observatorios de
medios, que por su misma razón de ser se mantienen
distantes de las empresas periodísticas y también
de los gobiernos.
Los observatorios funcionan como un laboratorio que trata
de neutralizar por igual las presiones económicas y
las políticas. No está vedada en ellos la presencia
de funcionarios oficiales, pero nunca son los gobiernos de
turno los que definen las líneas de trabajo y las conclusiones.
En Europa, en América latina y en los Estados Unidos,
las conclusiones a las que llegan los observatorios son muy
duras con las parcialidades, incongruencias, injusticias y
discriminaciones en las que incurren los medios y los periodistas,
a sabiendas o más allá de su voluntad.
En nuestro país también existen observatorios,
creados en ámbitos académicos, profesionales
y sindicales en la ciudad de Buenos Aires, en Córdoba,
en Entre Ríos. Y funcionan con ese mismo fuerte espíritu
crítico hacia los medios.
En este contexto y como recurso para disputar la interpretación
política del prolongado paro del campo, el Gobierno
impregnó de un contenido faccioso el Observatorio de
la Discriminación, que funciona desde hace un año
y medio en el ámbito oficial. Ese observatorio es una
buena herramienta, pasible de ser mejorada como toda actividad
humana, pero que ahora corre el riesgo de quedar inútil
y con su credibilidad devaluada por un interés político
coyuntural. La propia presidenta Cristina Kirchner quedó
entrampada en esa maniobra, cuando avaló el informe
de la Facultad de Ciencias Sociales que repartió elogios
a los medios cercanos al Gobierno y duras críticas
-varias de ellas razonables- a los que cubrieron el paro del
campo con criterios y contenidos que enojaron al poder.
Fue la Presidenta, también, la que dio impulso en esta
dirección al Observatorio de la Discriminación,
bajo el pretendido argumento de que las noticias adversas
al Gobierno, durante el paro del campo, estaban basadas en
un afán discriminador hacia los desheredados de la
tierra.
En vista del revuelo que provocó la iniciativa los
funcionarios, entre ellos el nuevo jefe del COMFER, Gabriel
Mariotto, salieron a asegurar que el Observatorio de Medios
(el que ya existe se llama Observatorio de la Discriminación
en Radio y Televisión) no sancionará a los periodistas
por sus opiniones. El solo hecho que deban aclararlo da la
medida de lo grave y descabellado de la iniciativa.
Desde la creación del Observatorio -en cuyas tareas
participan académicos, periodistas, expertos y funcionarios-
el INADI, que dirige María José Lubertino, recibió
17 denuncias de discriminación en los medios, basadas
en temas de sexo, edad, nacionalidad, religión, elección
sexual, condición social y de salud. En ningún
caso trabajaron sobre casos basados en opiniones. En ningún
caso dieron a publicidad su tarea. Pero convocaron a periodistas
que moderaron o modificaron expresiones y comentarios. Y lograron
que un banco privado levantara una campaña de publicidad
considerada discriminatoria.
Poco o nada de lo bueno que hizo este organismo podrá
salvarse ahora, porque la miopía política lo
transformó en una garita policial, de vigilancia mediática,
contaminándolo sin remedio como herramienta contra
la discriminación. Es posible que ahora el Observatorio
ni siquiera sea útil para revisar algunos prejuicios
raciales, sociales y políticos que, con la exasperación
generada por el paro del campo y sin el freno inhibitorio
del «deber ser», asomaron efectivamente en los
medios, y más de una vez de mano de los periodistas.
Es una pena. |